Subimos al ómnibus resignados a diez largas horas de viaje diurno. No nos molesta viajar de día porque de paso vemos parte del país que no conocemos, pero desandar camino nos da una sensación de pérdida de tiempo y este era el caso en las primeras tres o cuatro horas de este viaje. Pero ésto no sería lo más angustiante de esta jornada.
Las primeras horas transcurrieron entre lecturas, siestas y alguna que otra foto. Luego paramos en el medio de la nada donde se encontraba un minubus al costado del camino. El colectivero hizo mover a todos los pasajeros hacia la primer mitad del bus, incluidos nosotros, haciéndonos un gesto con la nariz como que subiría gente que no olía bien. A nuestro ómnibus medio vacío subieron 20 personas de entre 1 y 40+ años, bien vestidos y con caras de exhaustos. Por suerte todas menos una encontraron asientos.
Yo, demasiado susceptible (casi irritable) a los malos olores, me encontré a mi misma pensando que en realidad esta gente no olía mal ... pero ..."me debo estar acostumbrando"...
Cuando ya había caído el sol nos detuvimos en un restaurante en el camino para cenar. Al parar, la mitad delantera del ómnibus se bajó rápidamente, incluyendo a Steve. Yo no encontraba mis zapatos y me tomé mi tiempo y al incorporarme vi cómo 20 caras me miraban. Me cayó la ficha! estos no son Turcos! no entendieron el mensaje! Llevándome un montoncito de dedos hacia la boca les hice señas que parábamos a comer y en pelotón se pararon y me siguieron. Steve estaba al pie del colectivo esperándome.
Desde un segundo piso observé el raro accionar de esta gente. Se tomaban su tiempo, estudiaban los movimientos de los otros, no se separaban, no sabían desenvolverse, pero había algo más. Cuando les sirvieron la comida, todos compartieron todo y se llenaban la boca como desesperados, pero ninguno estaba desnutrido. Ahí recordé de la voracidad con la que consumían el agua provista por el ómnibus en vasitos individuales sellados.
Ya sentados en el ómnibus le pregunté al que se sentaba detrás nuestro de donde eran y si hablaba inglés. Uno de más atrás, el mayor, un hombre de unos cuarenta y pico, me contestó despacito "Irak". Ahí nos dimos cuenta de que eran refugiados y que sólo contaban con una bolsita plástica cada uno, posiblemente con sus pertenencias más preciadas y una muda de ropa.
Steve y yo le pusimos 20 caras a la guerra de Irak.
Con un nudo en el estómago, las siguientes 6 horas de viaje se hicieron eternas y fueron duras porque convivimos con gente como nosotros, con familia, con amigos, con bebes, con futuros y pasados. Pero ellos seguramente venían de un infierno. Steve se empezó a dar cuenta que los rasgos eran diferentes que los de los Turcos, inclusive algunas de las chicas jovencitas eran preciosas.
En una de las paradas en los puestos de control, de hecho la gendarmería nos demoró bastantes veces, decidí bajar del bus a tomar un poco de aire. A los minutos salio el hombre con el que había hablado. Al salir y ver el cielo estrellado, volvió corriendo al bus a buscar a su hijito y salió para mostrárselo. Se le llenaron los ojos de lágrimas y de más está decir que a mí también. Yo le había dicho que era Argentina (no me animé a mencionar mi relación con USA por razones obvias), me trajo a su chiquito y le enseñó a decirme "Hello". Me contó que viajaba con tres de sus hijos.
Yo tenía un millón de preguntas, pero no las iba a preguntar. Si otras hubieran sido las circunstancias, ya habría tenido la cámara en mano y más de una foto de estas caras, pero ellos habían pasado por mucho y a mi se me habían ido las ganas.
Nos despedimos en Dyarbakir deseándoles lo mejor con miradas que decían más que mil palabras. Ellos seguían hasta Estambul, donde según entendimos tienen familiares que seguramente los ayudarán a salir hacia adelante, para nosotros seguir para adelante significaría alistarnos para dejar Turquía.
Gaby
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